El desencanto de la promesa libertaria

Los alcances del escándalo de la corrupción en el gobierno de Milei

El desencanto de la promesa libertaria

Lo que hasta hace poco era todo futuro, hoy es una pieza más de un presente estallado. El outsider que se propuso la tarea histórica de sacar un país anquilosado en la debacle económica, en un Estado ineficiente y en una democracia estéril terminó en el mismo sendero que todos los argentinos conocen: la corrupción.

La ausencia de esta mancha era el elemento diferencial que ostentaba el gobierno de Milei, puesta ante nuestros ojos de un tirón a partir de que salió a la luz que también tiene su propia obra pública soterrada. Una cuestión que, a estas alturas, cualquier ciudadano argentino puede fácilmente olfatear que ya no estamos frente a singularidades sino ante un  problema solidificado a nivel estructural. Sin embargo, el futuro prometido también venía a terminar, de una vez por todas, con esta institucionalidad agujereada.   

Y para ser pura proyección era necesario divorciarse de todo lo anterior, presentarse como la novedad absoluta ante un sistema ensimismado en la grieta. Milei, hasta hace nada, era eso. Futuro y contención de un dolor persistente en la afectividad de los argentinos: la inflación.

A partir del escándalo, ¿podemos decir que se han modificado radicalmente los resultados electorales? Posiblemente no lo sabremos con certeza hasta el día de la elección, pero atinemos a decir algo sobre ello. 

Aunque el Jefe de la rosca se haya convertido en el Jefe de la coima, el alcance del escándalo, en un momento donde la audiencia nacional no existe como tal, quedará en los opacos pasillos de los politizados.  En ese minúsculo grupo se puede saturar con la noticia hasta el hartazgo sin que por ello llegue a ese territorio que no siente el entusiasmo de ir a votar.

Aunque haya anudado ciertas demandas presentes en el pueblo argentino no podemos suponer que ha tenido lugar una identificación de derecha, la volatilidad electoral depende más de un dinamismo social sensible a necesidades cotidianas que a entelequias ideológicas.

Por lo tanto, es más probable que esta economía, con baja inflación y sostenida recesión, sea la que determine la suerte electoral. Porque son los electores que sin territorio ni partido le dieron el voto hace dos años los mismos que, como en el coliseo romano, le pueden bajar el pulgar e irse a cualquier otro lugar, poniendo en tensión las ideas que suponen la existencia de un “mileismo social” en el entramado de las pasiones argentinas. Aunque haya anudado ciertas demandas presentes en el pueblo argentino no podemos suponer que ha tenido lugar una identificación de derecha, la volatilidad electoral depende más de un dinamismo social sensible a necesidades cotidianas que a entelequias ideológicas.

Ahora bien, ¿qué fuerza política puede beneficiarse de la entrada del gobierno al mundo de la corrupción?

El peronismo en su naufragio, los estertores del radicalismo que transitan entre el PRO y La Libertad Avanza y un poder de las Provincias Unidas en ciernes, nos hacen sospechar que el escándalo tendrá poca o nula capitalización por otra fuerza política.   

Lo cierto es que más allá del próximo rendimiento electoral, Milei no puede prometer absolutamente nada: la futuridad que arrastraba por su carácter novedoso se la ha llevado el viento. 

El pueblo argentino, tanto el que votó a Milei como el que no, quiere una vida cómoda. En estas horas que corren la promesa se encuentra rota, le quedará pendiente al gobierno de Milei la demostración de resultados. Para ello hará falta algo más que la ingeniería caos, que siempre puede ser un medio pero nunca un fin. En ese derrotero alguien tiene que venir a proponer una idea que vuelva a ordenar la escena argentina. Veremos.