Las fracturas sociales que ordenan (una vez más) la campaña.

¿Cómo se estructura el sistema de partidos argentino del cual LLA de Milei ahora forma parte? ¿Cómo se plasma esto en la campaña?

Las fracturas sociales que ordenan (una vez más) la campaña.

De los canales de televisión a la Cámara de Diputados de la Nación y de allí a la presidencia, Milei irrumpió en la política argentina. Un outsider que llegó sin un partido político nacional, pero que una vez en el poder se ha lanzado, de la mano de su hermana Karina y de Martín Menem, a la caza de afiliaciones en todo el país. Para noviembre de 2024 (menos de año después de haber asumido) La Libertad Avanza ya era un partido político nacional, con todas las de la ley. ¿Cuáles son las estructuras o inercias del sistema de partidos argentino sobre las que debe moverse LLA y Milei? ¿Son las novedades que trae la nueva fuerza suficientes para introducir cambios sustanciales en dicho sistema? Se pueden hacer algunas aproximaciones observando los movimientos discursivos que ha tenido LLA en las elecciones de 2023 y los que tiene en la campaña para las elecciones legislativas nacionales que se avecinan.

Un sistema de partidos es más que la suma de los partidos que lo componen, es sobre todo los patrones de competencia y cooperación que hay entre ellos (Ware, 1996). Un enfoque para entender cómo se configuran estos sistemas es prestando atención a los conflictos presentes en la sociedad, de los cuales los partidos políticos serían vehiculizadores institucionales. Estas divisiones sociales sobre las que se erigen los partidos son también conocidos como clivajes.

El fracaso que históricamente han tenido en nuestro país los partidos denominados “de clase” corresponde a que sólo han mirado la división de grupos sociales según el clivaje izquierda-derecha, y esto corresponde tanto para los partidos de ambos lados del espectro ideológico. ¿En qué consiste esta división? Mientras la izquierda prioriza la igualdad, en la derecha prima el valor de la libertad. Pero lo que sucede es que en nuestro país hay otra fractura con más peso: la que separa lo bajo y lo alto, el peronismo y el no-peronismo (o el antiperonismo, si se me permite). Ostiguy (2016) lo define así:

1«Hay un choque muy importante en la Argentina entre el deseo de varios políticos de enfatizar la diferenciación izquierda-derecha (que es muy real), y la realidad electoral y sociopolítica a nivel “masa”, que está sólidamente diferenciada en la otra dimensión, es decir culturalmente, peronismo y no peronismo, y más genéricamente (y para mí más exactamente) alto y bajo. ¡Ese choque es el drama de la política argentina desde hace ya más de seis décadas! Este deseo siempre se topa con esa realidad.»

No es que en este país un partido o un político no se puedan proclamar de izquierda o de derecha, sino que la sociedad, en su gran mayoría, no está constituída identitariamente sobre dicho eje, sino más bien sobre el que divide a peronistas de no peronistas. Y en la contienda electoral los partidos o candidatos que tengan alguna aspiración real de poder no pueden desconocer ese componente de la sociedad argentina, plausible de ser constatado en mediciones de opinión pública: el piso electoral o el piso de rechazo del peronismo/kirchnerismo.

Cruzando la división izquierda-derecha y la de alto-bajo, Ostiguy (2009) propone como resultante el siguiente cuadrante:

Cuadro de Ostiguy (2009) utilizado por Vommaro y Moressi (2016)

Cuadro de Ostiguy (2009) utilizado por Vommaro y Moressi (2015)

Desde la vuelta a la democracia, el radicalismo fue el partido político que logró representar el hemisferio de lo “alto”. Eso sí, con sus variantes: en el cuadrante superior izquierdo con Alfonsín o en el cuadrante superior derecho con De la Rúa. Luego de la crisis en el gobierno de la Alianza, el polo no peronista pasó más de una década sin un partido o figura que lograra unificarlo con potencia electoral. Esto recién sucedió con Macri y la coalición Cambiemos en 2015.

Pero no es fácil interpretar a Milei y LLA bajo este esquema conceptual, porque su figura no presenta a simple vista aquellos componentes que albergan lo “alto”, a saber: los valores republicanos, el respeto por las formas y los comportamientos refinados. Más bien se caracteriza por lo opuesto: gobernó con facultades delegadas y veta leyes votadas por el congreso, no escatima en gritos e insultos a opositores y periodistas y nadie podría decir que es alguien que se luzca por tener códigos de comportamiento o vestimenta de tipo aristocráticos. Bien podría ser Milei una figura del peronismo.

Una “anomalía” al concepto. Sin embargo, no es la primera, porque si al polo de “lo bajo” se le acredita un fuerte liderazgo personal como un carácter decisional que está por encima de las formas procedimentales, también encontraremos en la figura política de Alberto Fernández un espécimen excéntrico, en este caso dentro del peronismo. De allí que la acusaciones de ser un “socialdemócrata” que le endilgara Guillermo Moreno tuvieran cierto asidero conceptual.

Quizás esta “excepción” peronista explique la no peronista: así como el aburrido De la Rúa siguió luego del pomposo y carismático Menem, o Macri con su perfil de tranquila y despolitizada gestión luego de años de crispación kirchnerista, el mileismo apareció en las elecciones presidenciales del 2023 como el opuesto a un Alberto Fernández dubitativo en la toma de decisiones, salvo en una: la política sanitaria en tiempos de pandemia, que además de planes vacunatorios incluyó tiempos de cuarentena bastante estrictos. Milei tuvo entonces no sólo un perfil opuesto para ofrecer, sino también una propuesta que pinchaba en la memoria reciente: libertad. 

Esto fue acompañado con un discurso “anti casta”, en el que se definía a la misma algo así como “la clase política que parasita a los ciudadanos mediante la organización criminal cobradora de impuestos llamada Estado”. En la primera etapa de la campaña “la casta” era toda la clase política. Así logró salir primero en las PASO, pero no pudo crecer de cara a las generales, en las que estuvo a 3% de perder en primera vuelta. De cara al balotaje tuvo que hacer algunos reajustes. Considerando que tenía en frente a Massa, y que necesitaba pescar los votos que había obtenido Bullrich del polo no peronista, resignificó lo que entendía por “casta”: ahora eran solamente los kirchneristas. Ya sabemos como fue el resultado. 

De cara a las elecciones intermedias de este año, lo que muestra la subordinación del PRO y la UCR a LLA en distintos distritos electorales, y la estrategia de campaña sintetizada en el “Kirchnerismo Nunca Más” es que el clivaje alto-bajo sigue ordenando el sistema de partidos. Pero ¿qué elementos de “lo alto” puede representar Milei, si por lo esgrimido hasta ahora se trata de un populismo de derecha? En primer lugar, el oficialismo se presenta a sí mismo como el encargado de eliminar la corrupción que representa el Estado y asociado a gobiernos populistas. En segundo lugar, aunque la imagen del presidente no sea precisamente un ejemplo, su gobierno representa un imaginario de jóvenes gentlemans, hombres de negocios, expertos en finanzas, en contraposición a “los marrones”, aquellos vagos entregados al ocio y dependientes de la corrupción estatal. Finalmente, las analogías entre lo bajo y lo alto están muy presentes en el discurso oficial: “las fuerzas del cielo” de un lado y los “orcos” del otro. Incluso en las últimas semanas se ha visto publicidad de ALLA que muestra a personalidades del peronismo como zombies. ¿Qué hay más abajo que la tierra?

Los clivajes que ordenan un sistema de partidos no están escritos sobre piedra: pueden aparecer nuevos conflictos que disipen o se complementen con los anteriores. Un ejemplo de una división que ha perdido peso es la que predominó durante parte del siglo XIX entre unitarios y federales. Aunque aún hoy genera cierta influencia en algunas provincias, su peso explicativo es menor. A modo de ejemplo, tomando el caso entrerriano: si la pugna entre provincias y nación o provincias y la capital tuviera gran fuerza gravitatoria, eso hubiera impedido el desembarco de un porteño como Frigerio al sillón de Urquiza. Los intentos del peronismo entrerriano de apoyarse en esta dicotomía fueron insuficientes. Por su parte, veremos cómo les va en estas elecciones a las listas que en diferentes distritos buscan hacer lo propio bajo el nombre “Provincias Unidas”. 

Así como sucedió con el peronismo, Milei y La Libertad Avanza podrían producir una nueva división profunda en la sociedad argentina, operando como un nuevo tipo de “partido eje» (Cavarozzi y Casullo, 2002). Dependerá, por un lado, de los resultados “materiales” de su gobierno. Por otro, de lo simbólico: luego del caso Libra y de las recientes acusaciones de cobro de coimas que salpican a la hermana del presidente ¿cuánto de aquella corrupción señalada como propia de “lo bajo” puede tolerar la parte de la sociedad argentina ubicada en el polo superior?

Por los primeros movimientos de esta nueva campaña electoral, aunque Milei y LLA presente algunas novedades, pareciera que más bien estamos ante un nuevo partido que viene a habitar un viejo lugar dentro del sistema de partidos argentino, que supo ocupar la UCR y más para acá, el PRO: el de la representación del no peronismo. El peronismo ordena.

Referencias

  • Cavarozzi, Marcelo y Casullo, Esperanza (2002). «Los partidos políticos en América Latina hoy: ¿consolidación o crisis» en Cavarozzi, Marcelo y Abal Medina, Juan Manuel. El asedio a la política: los partidos latinoamericanos en la era neoliberal. HomoSapiens Ediciones.
  • Malamud, Andrés (2016), «¿Por qué retrocede la izquierda en América Latina?» en Leiras, Marcelo y otros. ¿Por qué retrocede la izquierda? Capital Intelectual.
  • Vommaro, Gabriel y Moressi, Sergio (Coords.) (2015). Hagamos equipo: PRO y la construcción de la nueva derecha en Argentina. Ediciones UNGS.
  • Ware, Alan (2025). Partidos políticos y sistema de partidos. Istmo.